Emprender con barreras: la paradoja invisible de la discapacidad en América Latina

¿Puede un continente hablar de innovación mientras margina a millones de mentes dispuestas a crear?

En América Latina y el Caribe, donde el discurso del emprendimiento se ha vuelto casi un himno, vive una población que rara vez es invitada al coro: las personas con discapacidad. Son cerca de 85 millones —un 14,7 % de la población regional, nada menos—, y sin embargo, la mitad de los adultos en esta condición sigue fuera del mercado laboral. Pero hay un dato que grita en silencio: uno de cada cinco hogares en pobreza extrema incluye al menos a una persona con discapacidad.

A pesar de eso —o tal vez precisamente por eso—, el emprendimiento se presenta como una vía de emancipación. Una puerta que, sin embargo, suele estar cerrada con llave… y sin rampa de acceso.

Emprender sin red: el abismo cotidiano

Pensar en un negocio propio cuando todo el sistema parece diseñado para otros es un acto de valentía. Pero también de desgaste. Porque en la región, las personas con discapacidad no solo enfrentan la falta de financiamiento y redes de contacto, sino un mar de burocracia poco o nada adaptada a sus necesidades. La ironía no escapa: se celebra la resiliencia del emprendedor latinoamericano, pero se ignora sistemáticamente a quienes han hecho de la resiliencia su modo de existencia.

Las barreras son tan múltiples como sutiles, y van desde lo económico hasta lo estructural:

  • Financiamiento: Los bancos y fondos de capital semilla se comportan como si el emprendimiento con discapacidad fuera un caso exótico. La mayoría de programas tradicionales ni siquiera los contempla, relegándolos a un limbo financiero.
  • Formación: ¿De qué sirve ofrecer cursos si no se pueden ver, escuchar o comprender? Persisten la escasez de incubadoras accesibles, contenidos en formatos inclusivos y plataformas adaptadas.
  • Protección social: Emprender puede implicar perder subsidios esenciales. Como si al abrir una pequeña tienda uno dejara de necesitar una silla de ruedas o un asistente personal. La lógica binaria del “trabajas o recibes ayuda” se convierte, en estos casos, en una trampa.
  • Costos adicionales: Transportes adaptados, tecnología de apoyo, intérpretes, asistentes… emprender con discapacidad es como correr una maratón con una mochila llena de piedras, mientras a los demás les ofrecen patines eléctricos.

Semillas de cambio: los brotes de una revolución inclusiva

Afortunadamente, algunos programas y organizaciones han entendido que el talento no tiene una forma única de expresarse. Y que la innovación, como la belleza, puede ser diversa.

2Gether-International (2GI), por ejemplo, no se limita a “incluir”, sino que ha construido un ecosistema propio: desde sus Venture Labs, que ofrecen incubación virtual con accesibilidad plena, hasta aceleradoras que inyectan capital, mentoría y visibilidad a startups lideradas por personas con discapacidad.

También destaca el Ecosistema Diverso de ALC, una alianza entre 2GI y el BID Lab que invertirá un millón de dólares entre 2024 y 2027 para conectar a 700 emprendedores neurodivergentes con capital y habilidades clave. Sí: siete. Cientos. Y esto apenas empieza.

La Fundación ONCE, en colaboración con el BID, ha llevado el programa Por Talento Latinoamérica a cinco países. En Colombia, se ha ramificado en Portalento, generando redes empresariales inclusivas y observatorios de empleo como ODISMET. ¿El resultado? Más de 1.900 personas con discapacidad ya se han vinculado al empleo formal. Cifra modesta, pero significativa. Como plantar un bosque con las uñas.

Y en Paraguay, la Fundación Saraki ha demostrado que no hace falta ser Silicon Valley para innovar. Sus programas “Mbarete” han brindado capacitación gratuita y han creado incluso una tienda inclusiva —“Nuestras Manos”— donde los productos de emprendedores con discapacidad encuentran mercado. Y dignidad.

Esta visión también fue reconocida en un espacio clave para la región: la Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Discapacidad, realizada en diciembre de 2024. Allí, gobiernos, organizaciones de personas con discapacidad y actores internacionales acordaron 38 Llamados a la Acción para impulsar transformaciones reales. Uno de ellos puso el foco precisamente en el fomento del emprendimiento, destacando la urgencia de generar políticas públicas inclusivas, acceso a financiamiento, formación técnica adaptada y redes de apoyo que fortalezcan los proyectos liderados por personas con discapacidad. El mensaje fue claro: el emprendimiento no es solo una salida económica, sino una herramienta concreta para el empoderamiento, la autonomía y la participación plena en la vida social y productiva.

¿Qué deben hacer los gobiernos? Dejar de mirar hacia otro lado

El cambio estructural no vendrá solo de la filantropía ni del entusiasmo individual. Requiere voluntad política. Y sentido común. Algunas propuestas son tan obvias como urgentes:

  • Fondos de inversión inclusivos: Crear líneas de crédito blandas y co-inversión pública-privada para proyectos liderados por personas con discapacidad.
  • Incubación accesible: Incorporar la accesibilidad universal (física, sensorial y digital) como requisito en programas de apoyo al emprendimiento.
  • Pasarelas de protección social: Diseñar mecanismos que permitan conservar subsidios estatales durante los primeros años del emprendimiento.
  • Compras públicas inclusivas: Reservar parte de los contratos estatales o dar puntuación extra a empresas lideradas o que empleen a personas con discapacidad.
  • Datos desagregados: Porque lo que no se mide, no existe. Y sin datos, no hay política pública eficaz.
  • Centros de I+D inclusivos: Replicar modelos como el Lilac Centre británico, con hubs regionales que investiguen, prototipen y financien soluciones.

La discapacidad como ventaja competitiva

La idea de que las personas con discapacidad son una “carga” para el Estado es no solo injusta: es, sencillamente, falsa. Como bien afirma la experta Natalia Guala, “las personas con discapacidad somos actores de la economía, no objetos de caridad”. Cuando se les brinda acceso a capital, formación y redes, su rendimiento es igual —o superior— al de cualquier emprendedor promedio.

Más aún: muchos de estos negocios nacen con un ADN resiliente, centrado en resolver problemas reales con creatividad radical. En otras palabras, son emprendimientos que no solo buscan lucro, sino impacto. Y eso, en estos tiempos de cinismo empresarial, es oro puro.

Por eso, fomentar el emprendimiento inclusivo no es un gesto de buena voluntad. Es una apuesta inteligente. Una inversión en innovación, diversidad y crecimiento económico. Y, por qué no decirlo, en humanidad.

Porque al final del día, lo que define a una sociedad no es cuántas startups crea, sino cuántas oportunidades reparte. Y si América Latina quiere realmente progresar, deberá empezar por abrir la puerta —y la rampa— a todos.

OPINIÓN | Columnistas con Causa | Escrito por: Vanessa Vallejo